Las Empresas, los derechos humanos, Spiderman y La Bola de Cristal

Por Jaime Hermida Director adjunto de la Oficina de Derechos Humanos del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación

Derechos Humanos

Se discute cada vez más cuál es el papel de las empresas en el mundo y, sobre todo, como deben actuar para no vulnerar los derechos humanos. No se trata de un debate nuevo, recordemos los intentos de controlar el uso de la esclavitud al final del siglo XIX, pero es cada vez más vivo debido a una sociedad internacional mucho más informada y a un sistema económico interconectado. El debate gira sobre todo en torno a una pregunta ¿Quién es el responsable del cumplimiento de los derechos humanos?

Es una discusión compleja porque los tratados internacionales de derechos humanos están, en principio, destinados a los Estados. Éstos, a su vez, son los que tienen que garantizar el disfrute de los derechos humanos dentro de sus fronteras. Sin embargo este esquema no es del todo satisfactorio. ¿Qué sucede cuando un Estado no realiza esa protección? ¿Tiene una empresa libertad de hacer cualquier cosa mientras cumpla la normativa del sitio donde trabaja, aunque esta normativa sea precaria? ¿No debería una empresa preocuparse de los derechos humanos por voluntad propia?

La comunidad internacional ha intentado encontrar una solución a este debate a través de lo que yo llamaría “el principio Spiderman”. En los comics de este superhéroe se menciona en repetidas ocasiones que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Naciones Unidas en sus, a mi juicio revolucionarios, Principios rectores sobre empresas y derechos humanos aprobados en 2011, sigue esta idea en tres pilares.

Así la responsabilidad mayor es la del más poderoso, el Estado, quien es el máximo responsable de proteger a sus ciudadanos y garantizar el respeto de sus derechos humanos. Pero las empresas tienen también un gran poder para generar desarrollo y bienestar pero también potencialmente para causar efectos negativos. Por eso tienen la responsabilidad, la obligación de respetar los derechos humanos, independientemente de la mejor o peor normativa que encuentren. A los dos grupos, empresas y Estados se les exige que existan mecanismos de reparación en el caso de que haya vulneración de derechos humanos.

Los Principios Rectores tienen como cualidades su pragmatismo y la inclusividad de su proceso. Es aquí donde llegamos al “principio de La Bola de Cristal”. Una de las muchas enseñanzas que este programa infantil daba cuando yo era pequeño era que “solo no puedes, con amigos sí”.  Los Principios Rectores fueron consultados de manera muy amplía por su principal artífice, John Ruggie, y no sólo fueron apoyados unánimemente por el Consejo de Derechos Humanos de las NNUU, sino que también cuentan con el apoyo de las principales asociaciones patronales mundiales y de gran parte de la sociedad civil.

El listado de apoyos necesarios no acaba aquí. Tanto Naciones Unidas como la UE han pedido a los Estados que desarrollemos planes nacionales para que apliquemos internamente los Principios Rectores. Nuestro país, coordinado desde la Oficina de Derechos Humanos del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación, lleva un año realizando varias rondas de consultas y el Plan de Empresa y Derechos Humanos será publicado durante el primer trimestre de 2014.

Se trata de una materia en la que, muy probablemente, mucho cambie en los próximos años. Entre todos, y con ayuda de algunos superhéroes anónimos, creo que conseguiremos hacer ver que los derechos humanos y el progreso económico no deben ser conceptos enfrentados, que se puede encontrar una manera de conjugarlos. Al fin y al cabo son precisamente dos caras de un mismo objetivo: que el mundo en el que vivimos sea cada vez mejor.